Una mamá de mil batallas

Si algo siempre tuve claro en mi vida, era que quería ser mamá. Después de largos noviazgos, un fin de semana de enero, de forma muy inesperada, conocí a mi alma gemela, de esos amores que no necesitas pasar años a su lado para saber que encontraste a la persona correcta. Un poco que al igual que yo, se moría por ser padre y poco le importaba los libretos de la sociedad que nos ponen orden secuencia a las decisiones de nuestras vidas y, sin pensarlo mucho, llegó María a nuestra vida.

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El mejor trabajo del mundo

Cuando era niña, no me imaginaba siendo bailarina, astronauta o doctora, sino que siempre me imaginé siendo mamá. Y no cualquiera: quería tener seis hijos, una casa grande y con muchos juegos y movimiento… ¡Uf! No me imaginaba todo lo que significa la maternidad. Ahora, con 30 años, creo que lo mejor que le podemos entregar a nuestros hijos es tiempo y con seis niños no hubiese tenido tiempo para ellos, ni para mí.

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El amor de una madre que trasciende al cielo

Como mujer soñadora y amorosa de los niños, siempre soñé con tener dos hijos. Desde muy joven quise ser madre. Tuve un matrimonio que no fue exitoso y afectó mis planes, pero dos años después de mi separación, la vida me tenía guardado el mejor hombre del mundo, mi actual esposo y el papá de mis dos hermosos hijos. A él le debo la bendición de convertirme en MAMÁ. Gracias a él, todos los días puedo oír esa melodiosa palabra de “mamá”. Mis hijos Martín y Luciana, han sido el mejor regalo del cielo.

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