Posparto escondido a plena vista

Esta foto es divertidísima, ¿verdad? Probablemente resuena con tantas mamás… Fue tomada a principios de septiembre de 2015. Aria Sofía tenía 20 meses, Isabela Lucía tenía seis semanas y Brian, mi esposo, en la Marina, había estado fuera del país desde el 8 de marzo de ese año. En esta imagen, lo que NO se puede ver es la depresión posparto que ya había comenzado a asentarse. Quizás estaba allí, escondiéndose incluso antes de que Isabela naciera, tratando de abrirse camino. Recuerdo estar sola en esa sala de parto durante horas y haberme sentido bien con mi decisión de dar a luz sin nadie más que el personal médico en la habitación. Quizás no estaba bien. Sé que después de que llegó mi hija, mis emociones fueron completamente diferentes y nada en el interior se sentía «bien». No tenía el mismo deseo feroz de vincularme con ella como había experimentado 20 meses antes con Aria.

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Una mamá de mil batallas

Si algo siempre tuve claro en mi vida, era que quería ser mamá. Después de largos noviazgos, un fin de semana de enero, de forma muy inesperada, conocí a mi alma gemela, de esos amores que no necesitas pasar años a su lado para saber que encontraste a la persona correcta. Un poco que al igual que yo, se moría por ser padre y poco le importaba los libretos de la sociedad que nos ponen orden secuencia a las decisiones de nuestras vidas y, sin pensarlo mucho, llegó María a nuestra vida.

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El mejor trabajo del mundo

Cuando era niña, no me imaginaba siendo bailarina, astronauta o doctora, sino que siempre me imaginé siendo mamá. Y no cualquiera: quería tener seis hijos, una casa grande y con muchos juegos y movimiento… ¡Uf! No me imaginaba todo lo que significa la maternidad. Ahora, con 30 años, creo que lo mejor que le podemos entregar a nuestros hijos es tiempo y con seis niños no hubiese tenido tiempo para ellos, ni para mí.

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